Neurociencia de las emociones: cómo regularlas mejor

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TL;DR

Nuestras emociones no son un simple ruido mental: según el neurocientífico Ralph Adolfs, profesor de psicología, neurociencia y biología en Caltech, son estados funcionales que evolucionaron para resolver problemas muy concretos de supervivencia. En una conversación con Andrew Huberman en el podcast Huberman Lab, Adolfs explica que entender qué son las emociones y cómo regularlas empieza por dejar de pensar en ellas como sensaciones vagas y empezar a verlas como sistemas con una función precisa, comparable a la de un reflejo, pero mucho más flexible.

Cuatro características que definen una emoción

Adolfs, junto con el neurocientífico David Anderson, propuso un marco para identificar qué comparten emociones tan distintas como el miedo, la ira o la alegría. Según este marco, una emoción cumple cuatro criterios:

  • Prioridad: puede tomar el control de la conducta, igual que un reflejo, aunque de forma más flexible y adaptada al contexto.
  • Valencia: se organiza en un eje de acercamiento o evitación, de agradable a desagradable, la dimensión más básica para clasificar emociones.
  • Escalabilidad: crece en intensidad de forma gradual, por ejemplo de la ansiedad al miedo y de ahí al pánico ante una amenaza que se acerca.
  • Persistencia temporal: dura más allá del estímulo que la provocó, a diferencia de un reflejo, que termina en el instante en que retiramos la mano de una superficie caliente.

Esta persistencia temporal resultó ser especialmente reveladora. Adolfs cita un estudio con pacientes con amnesia severa realizado por antiguos colegas suyos: al ver una película triste, estas personas sentían tristeza igual que un grupo de control sin daño cerebral. Minutos después, sin ningún recuerdo de haber visto la película, seguían sintiéndose tristes sin saber por qué. La emoción persistía de forma independiente a la memoria declarativa, lo que demuestra que su función no depende de recordar la causa.

¿Sienten emociones los animales, y también la inteligencia artificial?

Si se aplican estos cuatro criterios funcionales, muchos animales, incluidos los mamíferos domésticos, los cumplen sin mayor problema. Adolfs va incluso más allá: sostiene que, en un sentido puramente funcional, ciertos sistemas de inteligencia artificial también podrían calificar como poseedores de emociones. Aquí introduce una distinción importante: una cosa es tener una emoción funcional que orienta la conducta, y otra muy distinta es tener la experiencia consciente de esa emoción. Separar ambos planos permite estudiar las emociones en animales y máquinas sin necesidad de resolver antes el problema, mucho más difícil, de la conciencia.

El mito de leer las emociones en la cara

Durante décadas se asumió que expresiones faciales como el miedo o la sorpresa se reconocen de forma universal y fiable en cualquier cultura. Adolfs, coautor de una revisión reciente sobre este tema, matiza esa idea con datos: los estudios clásicos usaban expresiones posadas por actores, muy exageradas y distintas de las que aparecen en la vida real, y pedían a los participantes elegir entre una lista cerrada de palabras. Cuando se usan expresiones espontáneas y se pide describir libremente la emoción observada, aparece mucha más variabilidad de la esperada. En la práctica, las personas confían demasiado en su capacidad de leer caras, tanto humanas como de sus mascotas, y esa confianza supera claramente a su precisión real medida en estudios controlados.

El agua fría como entrenamiento de la regulación emocional

Uno de los ejemplos más prácticos de la conversación es el uso que hace Adolfs de los baños de hielo. Al principio, la experiencia es simplemente dolorosa: el cuerpo responde con un aumento de la frecuencia cardiaca y respiratoria. Con la repetición semanal, ese mismo cuerpo aprende a regular la respuesta de estrés con más rapidez y menos esfuerzo consciente. Lo más interesante es que este entrenamiento parece generalizarse a otras situaciones. Adolfs describe cómo, tras meses de baños de hielo regulares, escenarios cotidianos que antes disparaban su ira, como que alguien tocara el claxon mientras intentaba aparcar, dejaron de alterarlo de la misma forma. Lo interpreta como un entrenamiento autonómico de la capacidad de regular emociones, que se vuelve progresivamente más automático y fluido con la práctica constante.

El asombro y la regulación a largo plazo

La conversación también aborda la regulación emocional en escalas de tiempo mucho más largas, a través de la experiencia de correr ultramaratones, un reto que Adolfs afronta como corredor. Explica que, kilómetro tras kilómetro, el cuerpo pasa por ciclos de sentirse fatal y luego recuperarse, y que aprender a confiar en que ese ciclo se repite es en sí mismo una forma de regulación emocional: no darse por vencido pese a la señal inmediata de malestar. Ese tipo de experiencias extremas, sostiene, están relacionadas con el asombro, una emoción que aparece cuando ampliamos nuestra perspectiva, ya sea en el espacio o en el tiempo, y que parece ser exclusivamente humana porque depende de nuestra capacidad de desprender la conciencia del aquí y ahora.

En resumen

Entender las emociones como estados funcionales, con prioridad, valencia, escalabilidad y persistencia, ofrece una vía práctica para trabajar con ellas en el día a día. Permite identificarlas con más precisión, aceptar que algunas se entrenan con exposición repetida, como ocurre con el frío, y que otras se cultivan buscando perspectiva, como sucede con el asombro. El objetivo no es eliminar las emociones ni suprimirlas, sino aprender a regularlas sin que dejen de cumplir la función para la que evolucionaron.

Conocimiento ofrecido por Andrew Huberman, Ph.D

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