Consciencia, ego y microbioma: lo que explica Michael Pollan
Nadie sabe todavía cómo un puñado de neuronas produce la experiencia de estar vivo. El escritor Michael Pollan, autor de libros como "Cómo cambiar tu mente" y "El dilema del omnívoro", pasó años investigando la consciencia para su último libro y llegó a una conclusión incómoda: la ciencia no tiene ni idea de cómo la materia cerebral genera la experiencia subjetiva, si es que realmente la genera. En una conversación con el neurocientífico de Stanford Andrew Huberman, Pollan explica por qué esa incertidumbre no es motivo de alarma, sino una invitación a mirar el cerebro, el cuerpo y hasta las plantas de otra manera.
Qué es realmente la consciencia
La definición más simple es la experiencia subjetiva: una tostadora no la tiene, pero probablemente un murciélago sí, aunque nunca sepamos exactamente cómo percibe el mundo a través del sonar. Pollan distingue entre sensiencia, una capacidad básica de detectar cambios en el entorno que podría existir incluso en plantas y bacterias, y consciencia, la versión más elaborada que incluye autorreflexión y metacognición. Una planta puede reaccionar al sonido de una oruga masticando una hoja y enviar toxinas para defenderse, pero eso no implica que sepa que está respondiendo. La pregunta de si "hay algo que se siente" al ser esa planta, esa bacteria o ese murciélago es, según Pollan, la línea que separa la simple reacción de la experiencia consciente.
El ego se puede apagar, y eso no es malo
Una de las experiencias más estudiadas con psicodélicos de dosis alta es la disolución del ego: la sensación de perder por completo el sentido del yo. Pollan describe una experiencia propia con psilocibina en la que se vio a sí mismo convertirse en una nube de notas azules que después se transformaban en pintura, sin ninguna angustia, solo una ecuanimidad total. El investigador Dacher Kelner, de Berkeley, demostró algo parecido con una técnica mucho más sencilla: pidió a personas que dibujaran un muñeco de sí mismas en una hoja, les dio una experiencia de asombro, como hacer rafting en un río, y al repetir el dibujo se representaban un tercio más pequeñas. El ego se puede diluir de forma temporal a través de la meditación, la experiencia de asombro o los psicodélicos, y esa disolución deja, según Pollan, una perspectiva más ligera sobre las propias reacciones defensivas.
El cuerpo siente antes de que el cerebro piense
Durante décadas se asumió que la consciencia era un fenómeno cortical, algo exclusivo de cerebros complejos. Pero una línea de investigación que arranca con el neurocientífico Antonio Damasio y continúa con Mark Solms sostiene que la consciencia empieza con sensaciones registradas en el tronco encefálico, no con pensamientos en la corteza. El hambre, el frío o el picor son señales homeostáticas que el cuerpo comunica al cerebro, y solo después la corteza interviene para imaginar una comida o planear cómo conseguirla. La evidencia más contundente viene de niños que nacen sin corteza cerebral y que, pese a todo, muestran señales conductuales de experiencia consciente, incluido el dolor. Si esta teoría es correcta, muchas más especies de las que se pensaba tendrían algún grado de consciencia, porque casi todas comparten un tronco encefálico.
El microbioma también tiene voto
Otra idea que atraviesa la conversación es hasta qué punto el cuerpo, y no solo el cerebro, dirige el comportamiento. Los microbios intestinales fabrican neurotransmisores como glutamato, GABA y serotonina, además de ácidos grasos de cadena corta que alimentan el cerebro y regulan el ánimo. Pollan cita al microbiólogo de Stanford Justin Sonnenburg, quien plantea que interacciones tan simples como darse la mano o compartir una comida sirven, desde la perspectiva de los microbios, para propagarse entre personas. Ese vínculo funciona en ambos sentidos: hemos delegado en las bacterias la fabricación de sustancias que regulan la ansiedad, a cambio de ofrecerles un hogar y transporte.
Un experimento con cafeína que revela más de lo esperado
Para entender su propia relación con las sustancias, Pollan dejó la cafeína durante tres meses por sugerencia del psicofarmacólogo Roland Griffiths, pionero en la investigación con psilocibina en Johns Hopkins. Los primeros días fueron duros: síntomas parecidos a la gripe, incapacidad para concentrarse y la sensación de no ser él mismo, incluso después de que los síntomas de abstinencia desaparecieran. Cuando volvió a tomar café, describe la experiencia como más intensa que cualquier viaje psicodélico que había tenido. La cafeína, consumida a diario por el 90% de los adultos del planeta, tiene beneficios reales hasta las siete u ocho tazas diarias, entre ellos mejoras en el estado de ánimo, la presión arterial y el rendimiento cognitivo, aunque genera una dependencia genuina que la mayoría de la gente nunca cuestiona.
Lo que queda de la conversación
La consciencia sigue siendo, en palabras de Pollan, un problema en el que la humanidad está "completamente atascada". Pero admitir esa incertidumbre abre la puerta a tomar en serio ideas antes descartadas: que el sentir del cuerpo puede preceder al pensamiento, que un microbioma silencioso influye en decisiones que creemos propias, y que perder temporalmente el sentido del yo, ya sea meditando o con ayuda de un guía y un psicodélico, puede cambiar de forma duradera cómo se relaciona una persona consigo misma. No hace falta resolver el problema difícil de la consciencia para empezar a prestar más atención a las señales que el cuerpo envía todos los días.
Conocimiento ofrecido por Andrew Huberman, Ph.D
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El último libro de Michael Pollan, una inmersión en la ciencia y la filosofía de la consciencia.
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El libro de Michael Pollan sobre la relación humana con la cafeína, el opio y la mescalina.