La crisis alimentaria: clima, suelo y tu alimentación
Cuando hablamos de clima, solemos pensar en coches, aviones o energía. Pero una parte enorme del problema (y de la solución) está en el plato. La forma en la que producimos alimentos afecta al suelo, al agua, a la biodiversidad y también a nuestra salud. Y lo más importante: no es un asunto “del futuro”. Ya está impactando precios, disponibilidad y calidad de lo que comemos.
Por qué la agricultura importa tanto en el clima
Los sistemas alimentarios no solo emiten gases de efecto invernadero; también determinan si el suelo puede almacenar carbono y retener agua. Cuando el suelo pierde materia orgánica y se erosiona, se vuelve menos fértil y más frágil ante sequías e inundaciones. Eso se traduce en cosechas más variables y, por tanto, en una cadena de efectos: volatilidad de precios, presión sobre comunidades rurales y menos resiliencia.
Monocultivos y pérdida de resiliencia
Cultivar grandes extensiones de pocas materias primas (por ejemplo, maíz, soja o trigo) facilita la producción industrial y abarata algunos costes a corto plazo. El problema es que reduce biodiversidad y hace el sistema más vulnerable.
Un cultivo uniforme responde peor a plagas, a cambios de temperatura y a variaciones en el agua disponible. Para sostenerlo, suele aumentar el uso de fertilizantes y pesticidas. Eso puede mejorar rendimientos en el corto plazo, pero también puede degradar el suelo si se convierte en la única estrategia.
Suelo, agua y fertilizantes
El exceso de fertilización nitrogenada no solo cuesta dinero: puede contaminar aguas y crear “zonas muertas” en ecosistemas. Además, muchos sistemas dependen de acuíferos que se recargan más lento de lo que se extraen. Si el agua se vuelve escasa, la seguridad alimentaria deja de ser un concepto abstracto.
Aquí aparece una idea clave: un suelo sano actúa como esponja. Retiene agua, amortigua extremos climáticos y sostiene cultivos con menos insumos. Un suelo degradado hace lo contrario.
La conexión con tu salud diaria
El mismo sistema que prioriza materias primas baratas suele alimentar la fabricación de ultraprocesados. Son fáciles de distribuir, duran mucho y maximizan margen. Pero a nivel de salud pública suelen asociarse con más obesidad, resistencia a la insulina e hipertensión.
Dicho de forma directa: el problema ambiental y el problema metabólico a menudo comparten raíces. Si tu dieta se basa en productos con mucha energía y poca fibra, te costará regular apetito y glucosa. Y si el sistema alimentario depende de monocultivos y suelos degradados, también se vuelve frágil.
Qué puedes hacer (sin convertirte en activista a tiempo completo)
Tu compra individual no cambia el mundo de un día para otro, pero sí crea señales. Y, sobre todo, puedes mejorar tu alimentación mientras reduces presión ambiental.
1) Reduce ultraprocesados por bloques
En lugar de intentar hacerlo perfecto, elige un bloque por semana y repítelo:
- Cambia desayunos azucarados por opciones con proteína (huevos, yogur natural, queso fresco) y fruta
- Sustituye snacks por comida real (fruta, frutos secos medidos, hummus con verduras)
- Cocina una cena base 2–3 veces y repítela (legumbres, arroz, verduras, proteína)
Esto mejora saciedad y te da más estabilidad energética, además de reducir envases y desperdicio.
2) Compra con reglas simples
No necesitas etiquetas complicadas. Prueba con estas reglas:
- Prioriza productos de temporada cuando puedas
- Elige legumbres 2–4 veces por semana: son baratas, saciantes y con menor huella que muchas proteínas animales
- Si compras carne, prefiere menos cantidad y mejor calidad. Piensa en “carne como acompañamiento”, no como centro diario
3) Reduce desperdicio (el gesto más infravalorado)
El desperdicio es emisiones “gratuitas” que no alimentan a nadie. Tres acciones prácticas:
- Planifica 3–4 cenas y compra solo lo necesario
- Congela porciones (arroz, guisos, pan)
- Haz una “cena de nevera” semanal para terminar lo que queda
Si quieres un hábito simple, empieza por revisar tu nevera antes de comprar.
4) Cuida el suelo desde tu mesa
No puedes controlar toda la cadena, pero sí puedes apoyar mejores prácticas:
- Compra, cuando puedas, a productores locales que diversifiquen cultivos
- Prioriza alimentos “enteros” (verduras, fruta, legumbres, huevos) frente a productos altamente procesados
- Pregunta por origen y prácticas cuando sea posible. La transparencia empuja al mercado
5) Participa como ciudadano
No hace falta discutir en redes. Pero sí puedes apoyar mercados locales, pedir transparencia en comedores escolares o empresas y exigir políticas que protejan suelos y agua. Los incentivos importan: el sistema responde cuando cambian las reglas.
Una semana de prueba
Si quieres comprobar que esto es viable, haz una semana de prueba: planifica cuatro cenas, compra lo justo, añade dos platos con legumbres y sustituye una merienda ultraprocesada por fruta o yogur natural. No es una revolución, pero te enseña qué cambio tiene más retorno en tu energía, tu bolsillo y tu desperdicio.
Conclusión
La crisis alimentaria no es solo un problema de producción; es un problema de resiliencia. Cuidar el suelo, diversificar cultivos y reducir ultraprocesados mejora el clima y también la salud.
Empieza por cambios pequeños y repetibles: menos desperdicio, más legumbres, más comida real y compras con intención. Es una forma práctica de proteger tu alimentación hoy y la del futuro.
Knowledge offered by Dr. Mark Hyman